Sin estudios, sin experiencia laboral y sin ninguna otra habilidad especialmente destacable, la joven Adelina terminó trabajando de mucama en la residencia de H., hoy recordado gracias al milagroso cristal redentor de la Historia como “el tío artista”; pero durante muchísimos años mejor conocido con “la gran vergüenza de la familia”. H. provenía de una encumbrada familia de terratenientes en el también español pueblo de V., y había sido enviado al nuevo mundo contra su voluntad por la familia, con la esperanza de que aquélla experiencia le templara el carácter y lo convirtiera, de una buena vez, en un hombre de provecho que honrara su apellido. Esta era una práctica muy común en la época: Una vez el joven inmigrante sentaba cabeza, su prometida (oportunamente escogida de común acuerdo con otra familia de rancio abolengo) viajaba también, y así nacía una nueva familia americana. Según la costumbre se hizo, entonces, con H., pero no se puede decir que el plan tuviese mucho éxito: Casado y todo, el tipo siguió siendo jugador y alcohólico impenitente hasta el día de su muerte, alrededor de los veinticinco años, por una infección estomacal producto de sus excesos. Lo más parecido a un trabajo que jamás hizo en su vida fue pintar un puñado de cuadros mediocres que jamás vieron más luz que la que entraba por las ventanas de su hogar. Antes de morir, sin embargo, alcanzó a dejar su legado. Eso sí, mal que le pesare a su flamante esposa (y a toda su familia en la España natal), lo dejó en el vientre de Adelina, en una de esas noches de insomnio alcohólico. De esta manera, demostrando que todas esas cursis novelitas rosas que tanto aprendimos a odiar con los años podrían estar basadas en historias reales, quedó marcado el turbio inicio de uno de los tantos pintorescos árboles genealógicos que echaron raíces en suelo uruguayo (averigüen en sus familias; pregunten, busquen documentos, papeles; todos tenemos historias tanto o más pintorescas en nuestro pasado, y llega un momento en que los parientes más viejos, gracias a la perspectiva de los años, pierden la vergüenza y se animan a contarlas). Mientras tanto, mal que bien, la vida en el pueblo de S. continuaba; y prueba patente de ello fue el nacimiento, en 1923, de la tía Virginia. “Mal que bien”, dije, y acaso fuera más “mal” que “bien”, porque Virginia no alcanzaría a ejercitar sus pulmones en el consumo de oxígeno durante demasiado tiempo antes de ser reclutada por la orquesta de arpas celestiales de El Señor Nuestro Dios: Sin que jamás se llegara a conocer el motivo exacto, Virginia murió con apenas un par de meses de edad. En medio del velorio de la pequeña, alguno de los parientes hizo el dolor a un lado por un momento y se dio cuenta de que la pobre Adelina, luchando por salir adelante allá, en el lejano nuevo mundo, nunca había tenido la oportunidad de conocer a su prima, y reflexionó que sería una buena idea que al menos la conociera por medio de una imagen. Desde luego, en 1923, en un pueblo pobre como S., la fotografía no era el moderadamente económico hobby de masas que es en nuestra época, y esos simpáticos álbumes de recuerdos de bebés que hoy son tan comunes ni siquiera existían; de modo que ésta gente tuvo que improvisar... Esta fue la imagen que recibió Adelina. La única foto que existió jamás de la tía Virginia |
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