a primera revelación sobre mí mismo que me hice en mi flamante carrera de escritor introspectivo
fue que las mejores ideas se me ocurren cuando estoy manejando. Así, me puse al volante de un Opel del '50, uno de esos acorazados de cuatro ruedas que podrían haber tumbado a Mazinger, si no fuera porque todo un océano los separaba. Porque estos autos son matones y resistentes, pero tienen ciertas falencias a la hora de flotar. Y Mazinger podía volar, pero sabía que no le convenía hacerlo en esta dirección: En ese hipotético enfrentamiento tenía todas las de perder.
A mi lado, L sería la encargada de tomar nota de las ideas que me fueran surgiendo.
"Los autos modernos me producen una mezcla de sensaciones", comenté, "Por un lado tienen esa cosa aerodinámica que remite a la imagen de naves espaciales y sobretodos de goma de colores brillantes que además de verse bien son frescos y confortables, y tienen ese andar suave y ronroneante con la paz de un gatito durmiendo en tu regazo; pero por otro lado son desesperantemente frágiles. Un leve choque contra cualquier vehículo de mediano porte y quedan reducidos a un montón de chatarra informe irrecuperable. Mi Opel podría darse de frente con un ómnibus y no sufrir más que un par de rasguños. Esto es el fierro más sólido que mano humana haya construido."
"Desde luego", respondió L sin levantar la vista de los papeles en los que tomaba nota, "también hay que decir que 'un par de rasguños' en este tipo de vehículo implica la necesidad de recurrir a un cartucho de dinamita para sacarte de la hermética trampa mortal en que se habría convertido."
De acuerdo con mi Teoría De La Distribución Genética, cada generación en una familia cuenta con una cantidad limitada de genes que (De algún modo que aún no he logrado desentrañar) se distribuye en forma desigual entre sus integrantes, favoreciendo siempre a ciertos individuos en desmedro de otros, con el fin de obtener un abanico de personalidades heterogéneo. Todos hemos comparado alguna vez a dos ejemplares de los extremos opuestos de este hipotético espectro, y nos hemos preguntado: "¿Cómo es posible que estén emparentados? ¡No tienen absolutamente nada que ver!". Ese es precisamente el quid de la cuestión; no tienen absolutamente nada que ver porque están emparentados.
Caso por ejemplo: N y el primo.
Si no sabés quién es N, lo más probable es que sí lo sepas, pero no sepas cómo se llama. De cualquier manera, a los efectos de ésta investigación vamos a definir a N como la criatura humana más imposiblemente hermosa jamás concebida por vientre de madre. De hecho, en un breve aparte, voy a decir que no estoy seguro de que no sea producto de la ingeniería genética. Y ni siquiera ingeniería genética terrestre.
Al primo, a quien a los efectos de ésta investigación vamos a llamar "el primo" porque no sé como se llama y ni vale la pena molestarse en averiguarlo, tuve oportunidad de conocerlo por casualidad, una noche en que nos tocó en suerte confluir en la entrada de aquél local de mala muerte de cuyo nombre no vale la pena acordarse, sólo para enterarnos de que el recital de RRRRRRR se había suspendido a último momento.
N vs. "el primo". Luz vs. Oscuridad. O mejor dicho, una Oscuridad de la buena, una variedad de oscuridad digamos Baudelairesca, que invita a la contemplación y la introspección, y sumido en la cual se puede llegar incluso a encontrar una forma de belleza insospechadamente elevada vs. Oscuridad de la mala, del tipo de oscuridad de la que uno se ve rodeado cuando se levanta para ir al baño de madrugada, y pisa una cucaracha descalzo, y encima es de esas cucarachas enormes y gordas, que explotan y expulsan ese líquido amarillento viscoso que ha inspirado la sangre de tantos alienígenas hollywoodenses.
Una ninfa de carne y hueso vs. un retardado mental del peor tipo. La clase de retardado mental que está atrapado en una suerte de limbo del retardo mental, en el cual despierta, por un lado y como es natural, o bien un sentimiento maternal y proteccionista, o bien un perverso impulso de golpearlo salvajemente sin ningún motivo racional, pero que por otro lado no es lo suficientemente retardado mental como para obtener una credencial que lo califique oficialmente como tal y le permita participar en la Teletón, las olimpíadas especiales y ese tipo de cosas.
Cuando era más joven, lindo e inocente, quería creer que mi dimisión oficial de las filas de los fans del rocanrol del palo (Decisión que, cabe mencionar, supe tomar en la etapa coyuntural que en Latinoamérica quedó marcada por el quiebre entre la decadencia del malambo metal y el surgimiento de la rockumbia n’ roll --Sin lugar a duda el momento histórico ideal para mandarlos a todos a la mismísima mierda) para enlistarme oficial y definitivamente en las filas del rock gótico -El estilo que siempre había amado en secreto- con esa excitación eufórica del que finalmente decide salir del closet después de los 25 años, iba a significar el fin de muchas cosas, entre las cuales no era la menos importante el no volver a escuchar nunca más la frase: "Gente, nos achican acá que vamos a pegar un vino..."
Como suele suceder con todas las cosas en las que quiero creer, ésta esperanza también se escabulló entre mis dedos, resbalosa y escurridiza, convenciéndome cada vez más de que son las cosas mismas las que están determinadas a que yo no crea en ellas, abandonándome una y otra vez en el preciso momento de la unción y dejándome una y otra vez con ese amargo vacío del desencanto. Esta esperanza se escurrió entre mis dedos, decía, cuando escuché esa misma frase viniendo de "el primo", la misma noche en que debía haber estado escuchando a Mr. E interpretar una vez más su no por escueto menos delicioso repertorio.
Y, con un poco de suerte, el cover de "Scary Monsters".
Por otro lado, tengo que rescatar que, de continuar esta marcada tendencia de las cosas en las que quiero creer a condenarme a una virtual eternidad de desilusiones, por lo menos mi eventual carácter de apóstata crónico va a ser algo en lo que sí voy a poder creer.