eyendo varios blogs ajenos y comentarios en ellos comencé a desarrollar un nuevo enojo virulento. De esos que, quienes me conocen, saben que me atacan cada quince o veinte minutos en un día tranquilo.
Si bien como todas las pseudointelectuales pseudorebeldes y pseudopatasucias que se precian de tales leí "El Segundo Sexo" de Simon de Beauvoir y varias otras publicaciones de esas que quedan divinas con la pollera hindú y las sandalias del Mercado de los Artesanos, debo decir que estoy un poquitito harta de los discursos feminoides que escucho hasta en el ascensor. Será que lo mío son las elites y me rompe los huevos que la mujer del almacenero cite a Charlotte Perkins Gilman y le diga al marido que pedirle que ordene la góndola de las pastas secas es otra muestra de su infinito afán de dominación cultural. Está todo bien con las campañas a favor de las pobres minas a las que les recortan el clítoris para que la pasen como la mierda. Si el tema es ese yo tengo un par de ex novios con los que no se necesita recortar nada porque igual no tienen idea de donde queda.
Ahora... ¿se supone que yo tengo que echarle la culpa de todo a los tipos? ¿Se supone que la culpa de que sea casi imposible encontrar a alguien medianamente normal –en el campo de la demencia profunda no tengo ningún problema– que esté dispuesto a soportar mi histeria casi diaria, mis cambios de humor repentinos y mis ganas de llorar por estupideces el 28 de cada mes es culpa de la falta de sensibilidad de los hombres? ¿No será al revés? ¿No será que el tipo la tiene clara y por eso no pasa ni a una cuadra?
Salvo la teoría feminista, nunca en mi vida asistí a un conjunto de ideas cuya base de sustentación sea que la mitad del mundo es una mierda sólo porque porta un cacho de carne en la entrepierna y la otra mitad una maravilla porque está traumada porque en vez de carne le tocó un agujero. Resulta que todas las mujeres son bárbaras, divinas, inteligentes, sencillas y son los malos, malos hombres los que no las entienden y las quieren dominar por puro instinto insaciable de supremacía. Pobrecitas de nosotras.
En ese pastiche delirante conviven las Margaritas Percovich y su delirio de género, las Beatriz Argimón y la vida desde un traje de chaqueta, la Lucía y la pose intelectual con ropa de segunda mano, las Glenda Rondan y "me hice feminista porque no me tocan ni con un palo", y las Teresa Herrera y los curros de las encuestas con "perspectiva de género". Eso sin contar las "chicas" de las organizaciones feministas que se reúnen a juntar firmas para que los botones de la túnica escolar de las nenas estén adelante y no atrás como un modo de romper con un nuevo símbolo del sometimiento en el que viven las mujeres uruguayas. Ni hablemos del discurso de la violencia doméstica y los concursos de posters de todos los años, ni de maravillosas ideas como la cuota política, etc.
La verdad, a mí me toco un agujero y no una poronga. ¿Me hubiera gustado una? Probablemente me hubiera encantado el día que borracha traté de escribir mi nombre en la arena y me quedaron hediendo todos los pantalones, las piernas y lo que escribí fue un jeroglífico. También desearía una cuando me estoy recontra meando y no veo un baño ni a quinientos quilómetros a la redonda. No sé. La cuestión es que me tocó lo que me tocó y se me paspa soberanamente cuando mis "compañeras de agujero" andan por ahí gimiendo y gritando que por eso me pasa todo lo que me pasa y que los señores malos de poronga tienen la culpa de todo. ¡Malos señores de poronga!
No te querés depilar, no te depiles. No querés adaptarte a "la definición cultural de lo femenino", no te adaptes hermana. Comprate un overall y dejate la barba. A mí que me importa!!!!!! Si los hombres son lo peor del mundo, encámense con una mina y arriba su cara.
No sé. Me enojé un poco.
Se ve que hoy estoy en uno de esos días....