acía mucho tiempo que no veía una mirada de amor intenso en los ojos de una muchacha. Hace poco ví una, y lamentablemente no estaba dirigida a mí, sino a la muchacha que caminaba a su lado por la vereda. Dije "lamentablemente", y no es verdad. Me alegró ver esa mirada de amor; me alegró por el amor, y por las muchachas. Y también me alegró por mí, por el hecho de que no me estuviera destinada. Me habría asustado. Para soportar esa intensidad hay que tener catorce años.

Por momentos recupero la mirada salvaje de mis años más jóvenes. Me pregunto dónde he estado todo este tiempo.

Vuelvo a descubrir los ojos de los demás, ojos en su mayoría abiertos al miedo, por el miedo. Caras que parecen fijadas en un susto antiguo. Ojos redondos y fijos (esa mujer achatada y gorda, como si la hubieran aplastado con el taco de un inmenso zapato) (los ojos miran hacia arriba con terror, como esperando que la vuelvan a aplastar). Ojos con mirada revertida hacia adentro, sin brillo, ojos de hombres delgados que podrían llegar a matar con la indiferencia. Sólo algunos niños pequeños muestran en los ojos alegría y curiosidad, asombro de vivir, como si a partir de cierta edad la vida, sea un don o un castigo, se aceptara sin preguntarse, sin extrañarse.

Casi llego a visualizar una máquina monstruosa, de alguna manera real: una máquina de fijar a la gente en un gesto (incluso la mirada de picardía de algunas mujeres es demasiado estable para creer en su actualidad). Vamos pasando por la máquina y recibiendo el sello, la impresión, la marca, y después todos los años son falsos; sólo puede repetirse una actitud, un gesto, realizarse mecánicamente un trabajo.

Caras de haber sido asustados por un grito, o por un objeto muy grande, o por un movimiento detrás de la espalda, o por algo que amenazara desde arriba, o por un susurro casi inaudible desde un costado (y hacia ese costado vuelven continuamente la mirada, disimuladamente, con el rabillo del ojo); caras de haber perdido toda esperanza, o toda condición humana. Caras, en fin, de gente que ha madurado.

La mirada de amor de una chica a otra chica me trajo otro momento: una tarde probablemente de domingo, en una de esas horas perdidas de las tardes de domingo, cuando no hay nadie por las calles y todo rezuma aburrimiento, aún en París. La entrada desierta del Metro, donde habitualmente hay multitudes; esta entrada era en forma de túnel, bastante sombría, ya no recuerdo en qué zona.

Adelante van dos chicas, dos sólidas chicas con sólidos cuerpos bien desarrollados. Los pantalones vaqueros ayudan a exhibir, o a producir, las formas. En un recodo del túnel como embudo, cuando todavía el túnel no es propiamente túnel sino la parte ancha del embudo, conectada con el mundo exterior -es decir, antes de que uno se interne en la parte angustiante-, las jóvenes se detienen en seco, se abrazan y se besan apasionadamente en la boca. Después giran la cabeza, entre culpables y desafiantes, esperando que no haya nadie o tal vez deseando que haya alguien, porque el amor a veces necesita ser publicitado. Es tan maravilloso e increíble...

Sea como fuere, ahí estoy yo, a pocos pasos. Todavía no soy viejo -hablo de algo que sucedió hace muchos años-, pero sí soy esa rara especie de voyeur más bien piadoso que he sido siempre, y con una sonrisa cómplice les hago saber que el espectáculo fue bueno. Ellas también sonríen. No sé exactamente qué quieren decir con esa sonrisa, pero todo está bien

[Mario Levrero, 1940-2004 - Publicado en revista "Posdata" Nº 80, 26 de abril de 1996.]

Mario Levrero, por Elvio Gandolfo

Conozco a Mario Levrero desde hace una buena cantidad de años. Viajé por primera vez a Montevideo en 1968, sin encontrarlo: me traje para leer la versión en plaqueta de "Gelatina" y me impactó tanto que saqué un comentario en la revista El Lagrimal Trifurca, que editábamos con mi padre en Rosario. Ahí empezamos a escribirnos.

Desde entonces hasta hoy ha cumplido con abundancia y generosidad su tarea de acicatear talentos ajenos: los jóvenes (y las jóvenes) que escriben hoy en Montevideo encuentran en él a una de las pocas figuras indiscutibles, generadoras. Los años siguientes ya fuimos muy amigos, con incontable correspondencia, viajes cruzados a Piriápolis, Buenos Aires y Montevideo.

El departamento donde ahora vive, que sobre un ala da a la Plaza Independencia (vacía a esa hora de la noche, con el Palacio Salvo iluminado al fondo), y sobre la otra al río y el Cerro, se ha convertido para mí en una especie de proyección de su personalidad; a tal punto coincide con muchas de las casas de sus relatos, como si hubiera preexistido para él, esperándolo. No es laberíntico, ni depresivo, sino simplemente distinto. No sé cuántos habrá que den con ese doble flanco a esos dos sitios cruciales de Montevideo. Me cuesta una barbaridad imaginarlo en otra parte: en las calles o en alguna, por así llamarle, "reunión literaria". Muy de vez en cuando va a una, o al cine, según me dicen, pero nunca lo vi.

(Setiembre de 2000)
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en La Idea Fija






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