lego tarde a trabajar, y por eso me sorprende no encontrar a #5 en su oficina, cuando me apersono con el fin de reportarme y justificar la hora de mi llegada con la mejor de las excusas: La verdad. Diciendo lisa y llanamente "Me dormí" no sólo evitás problemas con el Jefe De Todos Los Jefes cuando te toque enfrentarlo, ya que no caés en falta con el Octavo Mandamiento (nunca se puede ser demasiado precavido), sino que dejás a tu pequeño jefe terrenal en blanco, sin palabras, descolocado; le arruinás el placer de jugar al policía malo y sonsacarte de a poco con un astuto y mordaz interrogatorio que te acorrala pregunta a pregunta hasta que, ahogado por la presión, gritás la naturaleza de tu culpa para inmediatamente arrojar tu cabeza sobre tus brazos cruzados encima de la mesa, para entregarte al sollozo compulsivo del culpable, quebrado y descubierto.
En algún momento pasa #3 y me entero de que #5 no sólo no vino, sino que tampoco viene porque falleció la madre. #7 envía un correo electrónico a toda la empresa notificando de la situación y de los lugares y horarios del velorio y el entierro respectivamente.
Supongo que en algún momento saldremos rumbo al velorio y me sorprendo a mí mismo preocupado porque antes de eso tengo que tomarme todo el café que acabo de preparar. De esa manera descubro que hoy me desperté algo cáustico, y no soy precisamente el invitado que querés en tu velorio ni -peor aún- en el velorio de uno de tus seres queridos. Más bien estoy para analizar el mundo que me rodea y llegar a la conclusión de que no vale dos perras. Conclusión que más bien es una tesis -la verdad sea dicha- ya que la tengo preparada de antemano. Qué tramposo que sos.
Mientras #3, #7, #3b y yo nos dirigimos al velorio en el auto del jefe, se me ocurre que es medio terrible esto de que siempre vamos a los velorios del pariente de alguien, pero nunca nos acordamos de cuando nuestros compañeros cumplen años, por ejemplo. ¿Por qué no vamos también a los cumpleaños? Digo, si vamos a estar en los momentos malos, vamos a estar también en la joda; si no, no vayamos a nada. Todos dejamos de trabajar una hora o dos para ir a un velorio, pero a nadie se le ocurre dejar de trabajar para ir al sanatorio a visitar a uno que recién fue padre.
Hoy estoy que no me voy a aguantar ni yo mismo, ya veo.
Salida de ningún lado y sin eslabón aparente que la conecte con la situación -como suele pasar con este tipo de ideas- me asalta una señal de alarma: Hoy es jueves y tengo una clase de Literatura, y debería haber escrito algún texto breve para estar cubierto en caso de que el extracto de "Diario de N" que pensaba llevar resultara ser demasiado extenso. Desde luego, todavía no lo hice.
Por fin llegamos a uno de estos descomunales edificios de enormes ventanales de vidrio negro, pisos alfombrados, caras largas y silencios absolutos. Pienso: Qué trabajo de mierda debe ser éste, pasar tu día en un lugar cuya finalidad es servir de sede para que un grupo de gente se junte a pasarla mal. Eso te tiene que llegar a la cabeza tarde o temprano.
Mientras subimos la escalera presto especial atención a la mullida alfombra. Mullida hasta el ridículo, parece capaz de ahogar el sonido de las botas de un regimiento. Dios no permita que el ruido de un par de tacones lejanos vaya a tapar el moqueo de los dolientes.
Una vez más -como cada vez que me veo envuelto en uno- me encuentro meditando acerca de lo morbosos que son los velorios, y de lo hipócrita que es -en líneas generales- todo el mundo.
En primer lugar, la única función práctica de un velorio parecería ser brindar una oportunidad para que la gente se sienta mal y se mortifique extendiendo el sentimiento durante un par de horas. En definitiva es como dijo K alguna vez: "El drama está siempre asegurado, que es lo que a la gente le gusta, aunque le duela."
Por otro lado, es como una audición de aspirantes al premio al hipócrita de la temporada. Todos están, y todos se esfuerzan por demostrar cuánto les importa. Pienso que si fuera yo, los mandaría a todos a la mierda. ¿Cuándo fue la última vez que ése, por ejemplo, te llamó a ver cómo andabas, o pasó una tarde a tomar mate por tu casa?
Por ahí caigo en que nosotros cuatro somos, en esta oportunidad, parte de los hipócritas de mi esquema. ¿Esto es irónico o qué?
De repente noto el conjunto que forma la construcción, las dimensiones, los materiales y la decoración del lugar. No me siento capaz de siquiera imaginarme la cantidad de dinero que pudo costar construir este templo al morbo, pero adivino que significó -y significa, porque hay que mantenerlo, además- una descomunal inversión cuya idea abstracta hace que todo el concepto pierda un poco más del poco sentido que ya tenía en mi cabeza.
Ahora estamos en la misma habitación que #5.
Cinco monumentos en honor a nada, de pie, firmes como si estuviéramos esperando algún tipo de noticia o vigilando algo. La vigilia.
En forma alternada y esporádica, #7 o #3 intentan iniciar una conversación que indefectiblemente se ahoga en su propia banalidad. En un par de oportunidades estoy a punto de decir algo, pero afortunadamente mi departamento de control de calidad interno rechaza las frases por ridículas antes de que logre articular sonido.
Me descubro más de una vez evitando mirar a los ojos a #5. Una parte de mí mismo se ríe entonces de toda esta actitud cínica y sarcástica. Te hacés el coso y ni siquiera lo podés mirar a los ojos. Si te agarra un psicólogo se hace una fiesta.
Otra parte le responde que el psicólogo estaría demasiado ocupado como para festejar nada, practicando su mejor cara de circunstancia para usarla como marco decorativo del consabido, predecible -aparentemente obligatorio, pensaría uno- e insoportablemente hueco "Te acompaño en el sentimiento".
Otra parte -mi brillante parte inventiva que nunca descansa- propone: Ahí tenés un tema; escribí sobre lo terrible que es que una sala velatoria se encuentre en mejores condiciones que cualquier Hospital; se invierte más capital en un lugar para llorar a los muertos, que en un lugar destinado a evitar que la gente se muera