enía en el 112 tratando de leer mi libro, sentado; mientras una discusión, en tono demasiado alto, entre dos mujeres fronterizas me distraía... un asunto de ventas y cobros... de pantalones vendidos, de cuentas cobradas, de platas no rendidas, que duró varias cuadras.

Entramos al túnel de Ocho de Octubre a las seis de la tarde. Las luces anaranjadas bailotean sobre mi página, sumando el reflejo epiléptico a las voces a mi espalda. Imposible leer de esta manera. Miro por la ventana, pasan focos de gran intensidad, vapores de sodio iluminando el día, que se ha eclipsado por obra de la ingeniería. Voy a esperar que volvamos al sol para seguir con mi lectura. Cierro el libro después de marcar la página.

Ahora son las seis y cinco. Qué raro... no recordaba que el túnel fuera tan largo; a pesar que el chofer, como siempre en estos casos, se siente liberado de las normas de tránsito. Pisando a fondo el acelerador, como para ganar un gran premio en solitario, hace ulular los rulemanes de la transmisión con un inusual movimiento acelerado.

Seis y diez. Las luces en el túnel siguen viajando hacia atrás, y por delante, otras nuevas se proyectan desde la ventana... en el ómnibus la discusión continua... el acento, lo reconozco ahora, es del norte, probablemente de Rivera, "bayano".... y sí, la morocha, la más joven y regordeta, parece que cobró algo y la veterana, que debe ser su patrona o socia capitalista por lo menos, teñido el pelo de un repulsivo color naranja, no vió la plata... "Sho nunca te haría eso...", se disculpa la gordita. La otra calla.

En el ómnibus, con sus asientos completos y algunos pasajeros parados, el resto del mundo dormita en un sopor bovino. Algunos, enchufados a sus auriculares, hacen chillar el aire con los agudos que sus oídos rechazan.

Seis y cuarto. Acá pasa algo raro... Nadie parece enterarse... Estoy seguro, el túnel de Ocho de Octubre no es tan largo... Y yo con ganas de seguir leyendo, pero con esta luz parpadeante y amarilla es imposible intentarlo... Si al menos hubiera prendido las interiores del ómnibus... a veces lo hacen, pero esta vez sólo nos iluminan los flashes naranja.

A las seis y veinte me revuelvo en mi asiento, molestando con el codo a la señora gorda que se sienta a mi lado... Me mira con cara de "¿Qué hace, pelotudo?", pero no me dice nada... ni parece importarle mi sorpresa, cuando estiro el pescuezo para seguir mirando como pasan hacia atrás los faroles de sodio naranja. Desde adelante, más faroles iguales siguen llegando.

Son las seis y media, y seguimos recorriendo el túnel imposible de la ciudad acalorada. El guarda parece dormir mientras escucha en la radio cómo el locutor hace bromas a costillas de un gil que le cuenta su desgracia, buscando que le ayude a reconciliarse con la novia que, por otra línea, nos enteramos, dice que es un tarado...

El chofer, acelerado, sigue pisando a fondo el clavo... los rulemanes ululando... las luces naranja del túnel...

A las siete de la tarde el aire se pone irrespirable... debe ser el tipo éste que se agarra del pasamanos de arriba junto a mi asiento. Sería mejor si se corre con su día de trabajo bajo el brazo a otro lado.

Son las diez, supongo que de la noche. No voy a llegar a cenar a casa. ¡Qué lástima, la vieja había preparado canelones de espinaca!

En el túnel las luces siguen pasando. Así tampoco puedo leer mi libro. Me estoy aburriendo demasiado






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