l aroma llega desde la cocina, conocido; sólo que ésta vez no son municiones ni corbatas -porque las corbatas son de Papá y para la guerra lo tenemos a Bush-, hoy son letras.

Uno está en posición de privilegio, alto. La silla es anaranjada, o tal vez de color naranja. Cualquier objeto fácilmente destructible ha sido puesto lejos del alcance de las manos.

Madre anuncia el plato:

"Sopa de letras."

Uno mira sorprendido. Siempre estuvieron ahí, contables, finitas; pero, ¡oh, cuantas combinaciones! Marean. No hace falta el avión. Es intuición. Uno devora el plato.

"¡Más!"

Pero es todo por hoy.


Han pasado más de dos décadas desde ese día.

Uno sentado en un restaurant. El mozo había observado extrañado, chequeó la disponibilidad y asintió. Volvió con el plato y se alejó. Uno observa la cuchara con desprecio. Toma el plato con las manos y, a sorbos gigantescos, devora su contenido, insaciable. Otros miran extrañados, con asco.

Uno mira el plato hondo que hubo alojado la sopa de letras, ahora relucientemente limpio. Y piensa. Piensa en los versos hermosos que se están escribiendo dentro suyo, junto con el triple de jamón y queso.

Agradece a su madre en el recuerdo, y huye sin pagar la cuenta






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